Opinión: Deporte para formar un hombre nuevo, la espartaqueada nacional

Opinión: Deporte para formar un hombre nuevo, la espartaqueada nacional

Promover la práctica masiva del deporte es una necesidad imperiosa para elevar el bienestar social. Debe formar parte de una política de Estado enérgicamente impulsada. La necesidad es evidente y exige atención. Según encuestas del sector salud, la sociedad padece graves males que podrían evitarse o al menos atenuarse mediante la práctica regular del deporte. Por ejemplo, México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en adultos, un padecimiento de magnitudes aterradoras que, ciertamente, obedece a varios factores, como los hábitos alimenticios. La depresión y el suicidio entre los jóvenes se han incrementado en los últimos tiempos. En cuanto al suicidio, la tasa “entre jóvenes de 15 a 19 años aumentó en 114% entre 2017 y 2022” (UNAM, INEGI).

Asimismo, “se estima que alrededor del 12% de los mexicanos entre 10 y 19 años se encuentran afectados por uno o más problemas de salud mental” (UNICEF, UNAM, septiembre 2025). E igualmente, se ha incrementado el consumo de alcohol y de drogas en los adolescentes, así como la participación en actividades delictivas, pandillerismo, etc. Aunque sabemos que ello obedece también a otros factores como el económico y la educación, es claro que, como prevención, el deporte regularmente practicado y científicamente conducido puede jugar un importante papel. Necesitamos crear un hombre nuevo, libre de todas esas lacras, esforzado, sano de mente y de cuerpo, disciplinado, tenaz, entusiasta, capaz de pertenecer a un colectivo y actuar en armonía con él. Con seres humanos así podremos construir una sociedad nueva. Y el deporte presta una valiosa contribución cuando se le orienta con sentido humanista.

Lamentablemente se encuentra en el abandono por parte del gobierno. Se le dedican pocos recursos, y para colmo mal aplicados. A resultas de ello, y solo a título de ejemplo, hasta 2024 Cuba había obtenido un acumulado histórico de 240 medallas olímpicas, tres veces más que México (con 77). En la Olimpiada 2024 de París, Cuba ocupó el lugar 32 del medallero; México, el 65. En Tokio 2020 ocupamos el lugar 84; Cuba el 14, con el mejor desempeño en toda América Latina. Y considérese que México tiene una población 13 veces mayor y un Producto Interno Bruto de los más altos del mundo. Las cifras son elocuentes. Además, abundan historias de quejas de medallistas olímpicos mexicanos que se preparan con su propio esfuerzo y costean en lo fundamental sus gastos.

Pero sin tantas estadísticas, cualquiera puede ver en pueblos, colonias populares y escuelas en qué lamentables condiciones materiales practican deporte nuestros jóvenes; el grave deterioro de canchas e instalaciones, la carencia del equipo indispensable y de instructores necesarios para dar un carácter científico a la formación deportiva. El deporte está elitizado. Solo las clases medias y altas disponen de instalaciones apropiadas. Para el pueblo queda el llano pedregoso.

Asimismo, esta actividad se ha convertido, como todo en el capitalismo, en mercancía: el capital se ha adueñado del deporte. En su organización se impone el criterio económico: la máxima ganancia empresarial, como vemos destacadamente en las sumas multimillonarias que ganan los dueños de clubes de futbol o béisbol. Los deportistas mismos son ejemplo viviente del lucro con el deporte: la realización del deportista consiste en pasar de amateur a profesional. Como ejemplo, entre los mejor pagados del mundo, Cristiano Ronaldo obtuvo en 2025 ingresos por 260 millones de dólares; el Canelo Álvarez, 137 millones (Fuente: Infobae, Sportico). El beisbolista japonés Shohei Ohtani es considerado el jugador mejor pagado de la historia: firmó contrato por 700 millones de dólares para jugar diez temporadas. Las sumas que perciben son, en el capitalismo, el verdadero indicador del “éxito” deportivo. Y ganan mucho porque ellos hacen ganar muchas veces más a los empresarios. Esta es la realidad del deporte. Ha perdido su calidad de actividad humana popular.

Así, al pueblo se le ha despojado de la práctica del deporte; al privarle de los recursos necesarios, se le impide jugar el papel activo y creador, convirtiéndolo en espectador pasivo y consumidor, comprador del deporte “profesional”, y para colmo, muchas veces fanatizado. Las apuestas son un mecanismo por excelencia de penetración del capital, como ocurre con los casinos. También forman parte de toda esa parafernalia la industria de ropa deportiva, de calzado y equipo, así como los patrocinios, regalías, publicidad y muchos más; por ejemplo, con apuestas arregladas y otras mil manipulaciones. Incluso han convertido a muchos deportistas virtualmente en máquinas, elevando artificialmente su rendimiento mediante sustancias químicas nocivas, que muchas veces ponen en riesgo su vida. No es extraño ver caer muertos a deportistas en plena competencia.

Sobre la toma de control del deporte por el gran capital, vale recordar aquí lo escrito en 1902 por el economista británico John A. Hobson en su obra Imperialismo: un estudio, donde muestra cómo el fenómeno ya se manifestaba, aunque ciertamente hoy ha alcanzado proporciones vertiginosas. Dice el autor: “Aunque los deportes siguen teniendo mucho atractivo […] hay síntomas claros de que se va perdiendo interés en participar en ellos, en beneficio de las emociones pasivas del espectador. El grado en que los profesionales están sustituyendo a los meros aficionados puede darnos una idea de la medida en que ha degenerado el deporte, como también nos lo indica la afición, cada vez mayor, que hay a las apuestas, la peor variante de la emoción deportiva, puesto que hace perder todas las simpatías desinteresadas por los méritos de la competición para concentrarlas en el factor irracional de la suerte, aliado a la codicia y a la astucia. El equivalente a esta degradación del interés por el deporte es el patrioterismo en relación con la guerra […] sin elemento alguno de esfuerzo personal, riesgo o sacrificio…” (p. 231). Así, el deporte se ha desvirtuado, y lo que aquí se relata conserva hoy plena vigencia. En otros términos, arrebataron al pueblo el deporte para hacer de este una mercancía.

En esta tesitura, se impone la imperiosa necesidad de recuperarlo, de cultivar la práctica de esta noble actividad con un criterio verdaderamente humanista. Al respecto, el Movimiento Antorchista Nacional no contempla pasivamente el problema ni se limita a denunciar. Actúa en consecuencia. Promueve el deporte cotidianamente en escuelas, pueblos y colonias, y desde hace 44 años, viene realizando una magna jornada deportiva cada dos años con sede en Tecomatlán, Puebla: la Espartaqueada Deportiva Nacional, que congrega deportistas de las 32 entidades federativas en disciplinas como atletismo, baloncesto, ciclismo, voleibol, natación, futbol, béisbol, en diferentes categorías según la edad, y en las ramas varonil y femenil. Vale aclarar que este extraordinario trabajo se realiza con el esfuerzo de los propios deportistas, prácticamente sin apoyo gubernamental, que bien merecerían por tratarse de una actividad de genuino interés social.

La edición 2026 de la Espartaqueada se realizará a partir del 7 de marzo, fecha del desfile y del evento inaugural, y durará hasta el día 15. En todo el proceso de eliminatorias, hasta las competencias finales, participan alrededor de 30 mil deportistas. La Espartaqueada deportiva se alterna cada dos años con la Cultural. Ambas representan una muestra del esfuerzo sostenido del antorchismo en pro de la superación de la sociedad mexicana; son solo una parte, pero muy importante, de nuestra contribución al progreso.

Así pues, invitamos a todos los deportistas del país, a entrenadores y profesores de educación física, a los medios de comunicación y a todos los mexicanos en general al gran desfile inaugural el 7 de marzo, y a presenciar durante toda la semana los partidos y competencias. Un alto nivel deportivo está garantizado.

Texcoco, México, a 25 de febrero de 2026